Por Maricel Achucarro
En Internet expresamos nuestras ideas, construimos vínculos y también exploramos nuestra sexualidad. Sin embargo, las violencias que existen fuera de los espacios digitales también encuentran nuevas formas de manifestarse en ellos. La difusión de imágenes íntimas sin consentimiento es una de ellas. Hoy, además, las herramientas de inteligencia artificial permiten crear imágenes sexuales que nunca existieron o manipular fotografías reales, ampliando las posibilidades de ejercer violencia incluso contra quienes nunca compartieron contenido íntimo.
Las recientes denuncias en la Universidad Nacional de Asunción (UNA) volvieron a poner en el centro de la discusión pública esta problemática. Las estudiantes fueron expuestas en sitios web y grupos donde se compartían fotografías íntimas, se solicitaba contenido sexual sobre ellas y se difundían imágenes sexuales creadas mediante inteligencia artificial. Este caso evidencia cómo las tecnologías pueden utilizarse para reproducir y amplificar formas de violencia de género que vulneran la intimidad, la autonomía y la dignidad de las personas.
Frente a este escenario, resulta fundamental comprender que el problema no está en las imágenes ni en las decisiones de quienes aparecen en ellas, sino en la vulneración del consentimiento y en las conductas de quienes ejercen estas violencias. Desde esta perspectiva, en este artículo abordamos las distintas formas de difusión de imágenes íntimas sin consentimiento, sus implicancias para nuestros derechos y algunas herramientas para identificar y responder a estas situaciones, sin trasladar la responsabilidad a quienes las sufren.
Sexting, nuestro derecho, con consentimiento
El ejercicio del sexting, que consiste en el intercambio de mensajes, fotografías, videos u otros contenidos de carácter sexual, forma parte del derecho a la libertad de expresión y de los derechos sexuales y reproductivos (Sequera, 2021). Desde una perspectiva feminista, reconocer este derecho implica defender la autonomía de las personas para decidir sobre sus cuerpos, sus deseos y las formas en que eligen vivir y expresar su sexualidad, también en los espacios digitales. Compartir una imagen íntima puede ser parte de ese ejercicio de libertad y no debería convertirse en motivo de vergüenza, cuestionamiento o castigo.
Sin embargo, hablar de libertad sexual también exige hablar de consentimiento. Como plantea Yolinliztli Pérez Hernández (2016), el consentimiento no puede comprenderse únicamente como una decisión individual, aislada de las relaciones de poder y las desigualdades de género. Históricamente, estas desigualdades han colocado sobre las mujeres la responsabilidad de establecer límites y evitar situaciones de violencia, en lugar de cuestionar las conductas de quienes los vulneran. Desde esta mirada, el consentimiento debe entenderse como una expresión de autonomía que requiere respetar las decisiones y los límites de cada persona, sin asumir que una autorización implica otras.
Esto no significa desconocer que enviar una imagen íntima implica asumir un riesgo. Una vez que una fotografía sale de nuestro dispositivo, perdemos parte del control sobre lo que otra persona puede hacer con ella. Es importante tomar precauciones y elegir con quién compartirla, pero ninguna medida garantiza que esa imagen nunca será guardada, copiada, difundida o manipulada.
Reconocer ese riesgo, sin embargo, no significa responsabilizar a quien aparece en la imagen.
Durante mucho tiempo, cuando una fotografía íntima era difundida sin consentimiento, la conversación se centraba en preguntas como: “¿Por qué la envió?”, “¿Por qué confió en esa persona?” o “¿Por qué no se cuidó?”. La vergüenza recaía sobre quien había ejercido su sexualidad, mientras que la persona que había traicionado esa confianza quedaba muchas veces fuera del centro de la discusión.
En palabras de Gisèle Pelicot, necesitamos “que la vergüenza cambie de bando”.
Enviar una imagen íntima no es autorizar a otra persona a compartirla. Consentir que alguien vea una fotografía no significa consentir que la guarde, la publique, la envíe a terceros o la utilice para crear una nueva imagen. La confianza tampoco es una autorización permanente sobre nuestro cuerpo.
Por eso, en este artículo preferimos hablar de difusión de imagen íntima no consentida, en lugar de expresiones como “porno venganza”. Para Sequera (2021), este término puede resultar problemático porque convierte una expresión íntima de la sexualidad en “pornografía”, reduce una situación de violencia sexual a un mero conflicto entre exparejas y puede reforzar estereotipos que terminan desviando la atención de lo central: la vulneración de la autonomía de la persona afectada.
No es un problema que alguien haya decidido vivir su sexualidad plenamente, sino que otra persona decida vulnerar su consentimiento y utilizar esa expresión de intimidad en su contra.
Nuevas formas de vulnerar nuestra intimidad
La inteligencia artificial generativa agrega una nueva dimensión a este problema.
Los llamados deepfakes son contenidos audiovisuales manipulados o generados mediante técnicas de inteligencia artificial para hacer parecer que una persona aparece en una situación en la que nunca estuvo. En el caso de las imágenes íntimas, esto puede implicar modificar una fotografía existente, generar un cuerpo desnudo a partir de una imagen de referencia o combinar el rostro de una persona con un cuerpo ajeno.
La imagen puede ser falsa, pero el daño que produce, no.
Esto también nos obliga a pensar la violencia de género facilitada por la tecnología (VGFT) más allá de la difusión de una fotografía que originalmente era íntima. Una persona puede nunca haber producido ni compartido una imagen sexual y, aun así, convertirse en el objetivo de una representación sexualizada creada artificialmente.
La tecnología no inventó este tipo violencia, pero sí facilita nuevas formas de producirla, amplificarla y distribuirla.
¿Qué podemos hacer si una imagen se comparte sin nuestro consentimiento?
Si una imagen íntima fue difundida sin nuestro consentimiento, existen distintas vías de respuesta. Las posibilidades legales dependen del país, del contexto y de las circunstancias de cada caso, por lo que acudir a instituciones competentes y buscar asesoramiento jurídico puede ser una opción importante para quienes quieran iniciar un proceso formal.
Si lo que buscamos, en cambio, son acciones inmediatas para intentar limitar la circulación de una imagen, existen herramientas que pueden complementar otras vías de respuesta. Estas plataformas no reemplazan un proceso judicial ni garantizan que una imagen desaparecerá completamente de Internet, pero pueden ayudar a prevenir o limitar su circulación en determinadas plataformas.
StopNCII: para imágenes íntimas de personas adultas
StopNCII es una herramienta desarrollada por la organización sin fines de lucro SWGfL para ayudar a personas adultas a evitar la circulación de imágenes íntimas sin consentimiento.
Su funcionamiento se basa en crear una huella digital o hash de la imagen directamente en el dispositivo. La imagen no se sube a StopNCII: el sistema genera una representación matemática que puede ser utilizada por las plataformas participantes para identificar coincidencias y actuar de acuerdo con sus propias políticas.
Una de las actualizaciones importantes para el contexto actual es que StopNCII también contempla imágenes íntimas sintéticas; es decir, imágenes creadas mediante inteligencia artificial.
La herramienta no denuncia automáticamente a la persona que difundió el contenido ante la policía ni sustituye otros mecanismos de protección. Su objetivo es ayudar a limitar la circulación del material en las plataformas que participan del sistema.
Take It Down: si la imagen fue tomada antes de los 18 años
Para imágenes o videos sexualmente explícitos de una persona menor de 18 años existe Take It Down, un servicio gratuito proporcionado por el National Center for Missing & Exploited Children (NCMEC).
Al igual que StopNCII, funciona mediante hashes. La imagen permanece en el dispositivo de la persona y no se envía al servicio; únicamente se genera y comparte su huella digital con las plataformas participantes, que pueden utilizarla para detectar coincidencias en sus espacios públicos o no cifrados.
Estas herramientas son útiles para actuar rápidamente, pero no debemos olvidar que la responsabilidad por la violencia sigue siendo de quien la ejerce. Utilizar una herramienta de protección no significa que la persona afectada tenga que “reparar” el daño o la afectación que la otra persona provocó.
Algunas medidas para reducir riesgos
Hablar de prevención no debería convertirse en una lista de reglas sobre cómo debemos fotografiarnos o qué podemos hacer con nuestros cuerpos. No existe una forma “correcta” de tomar una fotografía íntima que garantice que nunca será difundida.
Aun así, algunas prácticas pueden ayudarnos a reducir nuestra exposición o a mantener un poco más de control sobre lo que compartimos. No son garantías y tampoco deberían utilizarse para responsabilizar a una persona cuando su confianza es vulnerada.
Algunas posibilidades son:
- Evitar mostrar el rostro, siempre que se pueda.
- Prestar atención a rasgos identificables, como tatuajes, lunares, cicatrices u otras marcas distintivas.
- Cuidar el fondo de la fotografía, porque una habitación, una dirección, un uniforme o determinados objetos pueden revelar información sobre nuestra identidad o ubicación.
- Jugar con los ángulos y encuadres para decidir qué queremos mostrar y qué preferimos mantener fuera de la imagen.
- Considerar el uso de una marca de agua diferente por cada persona, esto nos sirve para identificar quién filtró la foto.
- Utilizar canales de comunicación con cifrado de extremo a extremo, siempre para reducir las posibilidades de que terceros intercepten el contenido durante su envío.
- Revisar dónde se almacenan nuestras imágenes y qué dispositivos, cuentas o personas tienen acceso a ellas; por ejemplo, si la tenemos en nuestra nube personal, que nadie más tenga acceso a esa cuenta.
Pero incluso tomando todas estas precauciones, ninguna de nosotras puede controlar completamente lo que otra persona decide hacer con una imagen. Por eso, el cuidado individual nunca debería ser la única respuesta. También necesitamos plataformas que respondan de manera rápida y efectiva, instituciones capaces de atender estos casos sin revictimizar, marcos legales adecuados y una cultura que deje de responsabilizar a quienes sufren este tipo de violencia.
Que avance la tecnología, no la violencia.
Las tecnologías cambian rápidamente. Si ya veníamos hablando de imágenes íntimas divulgadas sin consentimiento, hoy también nos preocupan los deepfakes sexuales. Pueden cambiar las plataformas, las herramientas y las formas de producir y distribuir estos contenidos, pero no debería cambiar el principio básico de todo acto sexual: nuestro consentimiento importa.
El sexting forma parte del ejercicio de nuestra sexualidad, y tomar precauciones para cuidar nuestra intimidad también es importante. Pero ninguna medida de cuidado debería trasladar a quien sufre la violencia, la responsabilidad por las decisiones de quien la ejerce.
El consentimiento importa también en Internet: enviar una imagen no significa autorizar su difusión, y que una imagen haya sido creada o modificada mediante inteligencia artificial no elimina el daño que puede producir. Nuestra intimidad puede formar parte de nuestra vida digital, pero nunca debería convertirse en una herramienta para violentarnos.
